En su Catequesis de la Audiencia General de hoy
realizada en el Aula Pablo VI ante miles de fieles presentes, el Santo Padre
prosiguió con su reflexión sobre la Oración en el libro del Apocalipsis, y
resaltó que:
“Las oraciones son como incienso cuya dulce fragancia
se ofrece (…) a Dios. Debemos estar seguros que no hay oraciones superfluas, inútiles; ninguna se pierde. Y
éstas encuentran respuesta, aunque a veces misteriosa, porque Dios es Amor y
Misericordia infinita.
El incienso en el Apocalipsis, es un simbolismo que
nos dice cómo todas nuestras oraciones –con todas las limitaciones, la pobreza,
la fatiga, la sequedad, las imperfecciones que puedan tener– son purificadas y
alcanzan el corazón de Dios. Dios no
es indiferente a nuestras súplicas, interviene y hace sentir su poder y
su voz en la tierra, hace temblar y altera el sistema del Maligno.
A menudo, frente al mal se tiene la sensación de no
poder hacer nada, pero es precisamente nuestra oración la respuesta primera y más efectiva que podemos dar y que
hace más fuerte nuestro compromiso diario en la difusión del bien. El poder de
Dios hace fecunda nuestra debilidad. El Apocalipsis nos dice que la oración alimenta
en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades esta visión de luz y de
profunda esperanza: nos invita a no dejarnos vencer por el mal, sino a vencer el mal con el bien, a mirar a
Cristo Crucificado y Resucitado que nos asocia a su victoria.
La Iglesia vive en la historia, no se cierra sobre sí
misma, sino que afronta con valentía su camino en medio de las dificultades y
el sufrimiento, afirmando con fuerza que el mal que no es definitivo no vence
al bien, que la oscuridad no oculta el
esplendor de Dios.
Como cristianos no podemos ser nunca pesimistas;
sabemos que en el camino de nuestra vida a menudo encontramos violencia,
mentira, odio, persecución, pero eso no nos desanima. Especialmente, la oración
nos enseña a ver los signos de Dios, su presencia y acción. Es más, nos enseña
a ser nosotros mismos luces de bien, que difunden esperanza e indican que la
victoria es de Dios.
Uno de los símbolos del Apocalipsis, un personaje de
tal belleza que no es descrito por San Juan, representa a Dios Todopoderoso, que no se ha quedado
encerrado en su cielo, sino que se ha acercado al hombre, estableciendo
una alianza con él; Dios hace escuchar en la historia, de forma misteriosa pero
real, su voz simbolizada por rayos y truenos.
Otros dos símbolos son el libro que contiene el plan
de Dios y el Cordero que representa a Jesús Resucitado, que es el único capaz
de abrir el texto e iluminarlo (…) Y es precisamente el Cordero, Cristo muerto
y Resucitado, que poco a poco abre los sellos y revela el plan de Dios, el sentido profundo de la historia.
La oración es como una ventana abierta que nos permite
mantener nuestra mirada dirigida hacia Dios, no sólo para recordarnos la meta
hacia la cual nos dirigimos, sino también para permitir que la voluntad de Dios
ilumine nuestro camino terrenal y nos
ayude a vivirlo con intensidad y compromiso. ¿Cómo guía el Señor a la
comunidad cristiana para una lectura más profunda de la historia? En primer
lugar, invitándola a que considere con realismo el presente que estamos
viviendo.
Hay males que el hombre cumple, como la violencia, que
nace del deseo de poseer, de prevalecer los unos sobre los otros, hasta llegar
a matarse (…), o la injusticia, porque los hombres no respetan las leyes que se
han dado (…). A estos se añaden los males que el hombre tiene que sufrir, como
la muerte, el hambre, las enfermedades (…). Ante estas realidades, muchas veces
dramáticas, la comunidad eclesial está
invitada a no perder nunca la esperanza, a creer firmemente que la
aparente omnipotencia del Maligno se choca con la verdadera omnipotencia que es
la de Dios”.
El Papa afirma también que: “el Libro del Apocalipsis,
a pesar de la complejidad de los símbolos, nos sumerge en una oración muy rica, a través de la cual oímos,
alabamos, agradecemos, contemplamos al Señor, le pedimos perdón. Su estructura,
de gran oración litúrgica, concluye, es también un fuerte llamado a redescubrir
la carga extraordinaria y el poder transformador que tiene la Eucaristía. En
particular, me gustaría invitar con fuerza a ser fieles a la Santa Misa del Domingo, en el Día del Señor.
¡El Domingo, es el verdadero centro de la semana! Gracias".
Vaticano,
12 Sep. 2012
Fuente:
Extractado ACI/EWTN Noticias
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