El Santo
Padre en su catequesis de la Audiencia general del Miércoles, celebrada en la
Plaza San Pedro ante unos 20 mil fieles, reflexionó sobre la oración en los primeros tiempos de la
Iglesia con los Apóstoles. Explicó que:
"Sin
la oración diaria vivida con fidelidad, nuestro obrar se vacía, pierde el alma
profunda, se reduce a un simple activismo que nos deja insatisfechos. Todos los
pasos de nuestra vida, todas las acciones –también las de la Iglesia– deben ser
hechas ante Dios, en la oración, a la luz de su Palabra. Cuando la oración se
alimenta con la Palabra de Dios, se ve la realidad con ojos nuevos, con los
ojos de la Fe, y el Señor, que habla a la mente y al corazón, da nueva luz al
camino en cualquier situación. Nosotros creemos en la fuerza de la Palabra de
Dios y de la oración.
Si los
pulmones de la oración y de la Palabra de Dios no alimentan la respiración de
nuestra vida espiritual, nos arriesgamos a ahogarnos en medio de las mil cosas
de todos los días. La oración es la respiración del alma y de la vida. Cuando
alguien reza, incluso cuando nos encontramos en el silencio de una Iglesia o de
nuestra habitación, estamos unidos en el Señor a numerosos hermanos y hermanas
en la Fe, como un conjunto de instrumentos que, manteniendo su individualidad,
elevan a Dios una única gran sinfonía de intercesión, de acción de gracias y de
alabanza.
Sobre los primeros cristianos, la Iglesia, desde
el inicio de su camino, se ha encontrado con situaciones imprevistas que ha
tenido que afrontar, nuevas cuestiones y emergencias a las que ha tratado de
dar respuesta a la luz de la Fe, dejándose guiar por el Espíritu Santo. Eso se
manifestó ya en tiempos de los Apóstoles. San Lucas
narra en los Hechos “un problema serio que la primera comunidad cristiana de
Jerusalén tuvo que resolver (…) sobre la pastoral de la caridad hacia las
personas solas y necesitadas", cuestión difícil que podía provocar
divisiones dentro de la Iglesia.
En este
momento de emergencia pastoral, destaca la distinción realizada por los
Apóstoles. Ellos se encuentran ante la exigencia primaria de anunciar la
Palabra de Dios según el mandato del Señor, pero consideran con la misma
seriedad el deber de proveer con amor a las situaciones de necesidad en las que
se encuentran los hermanos y las hermanas, para responder al mandamiento de
Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he
amado".
La
decisión que toman es clara: no es justo que abandonen la oración y la
predicación, por lo que "son elegidos siete hombres de buena reputación,
los Apóstoles rezan para pedir la fuerza del Espíritu Santo, y luego les
imponen las manos para que se dediquen de forma especial al servicio de la
caridad". Esta decisión muestra la prioridad que debemos dar a Dios, a
la relación con Él en la oración, tanto personal como comunitaria. Sin la
capacidad de pararnos a escuchar al Señor, a dialogar con Él, se corre el
riesgo de agitarse y preocuparse inútilmente por los problemas y las
dificultades, incluidas las eclesiales y pastorales".
Los
santos han experimentado una profunda unidad de vida entre oración y acción,
entre amor total a Dios y amor a los hermanos. San Bernardo, modelo de armonía entre ambos,
afirma que: “demasiadas ocupaciones, una vida frenética, a menudo terminan por
endurecer el corazón y hacer sufrir al espíritu. Es una advertencia preciosa
para nosotros en la actualidad, ya que estamos acostumbrados a valorar todo con
el criterio de la productividad y de la eficiencia".
El
episodio de los Hechos de los Apóstoles nos recuerda la importancia del
trabajo, del esfuerzo en las actividades cotidianas, que hay que desarrollar
con responsabilidad y dedicación; pero también nuestra necesidad de Dios, de
que nos guíe, de su luz que nos da fuerza y esperanza".
En español el Papa invitó "a todos a
participar en la apasionante tarea de edificar la Iglesia de Cristo en todas
sus facetas, no solamente con buena voluntad, sino santificando con la oración
cada uno de los pasos de nuestro hacer. Muchas gracias".
Vaticano,
25 Abr. 2012
Fuente: Extractado ACI/EWTN Noticias
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