Al reflexionar en la Audiencia General de esta
mañana, ante miles de fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, sobre la oración
en las cartas de San Pablo, el Papa Benedicto XVI señaló que:
“La oración
es fundamentalmente la obra de Dios en cada uno, que permite el diálogo
profundo e íntimo con el Señor a través del Espíritu Santo. En la oración,
nosotros experimentamos, más que en otras dimensiones de la existencia, nuestra
debilidad, nuestra pobreza, nuestro ser criaturas, porque nos encontramos ante
la omnipotencia y la trascendencia de Dios. Cuanto más avanzamos en la escucha y en
diálogo con Dios, para que la oración se convierta en el aliento cotidiano de
nuestra alma, tanto más se percibe también el sentido de nuestras limitaciones,
no sólo frente a las situaciones concretas de cada día, sino también en nuestra
propia relación con el Señor.
El Papa explicó tres consecuencias en la vida cristiana
cuando dejamos que obre en nosotros no el espíritu del mundo, sino el
Espíritu de Cristo como principio interior de todas nuestras acciones.
En primer lugar, con la oración animada por el
Espíritu se nos da la posibilidad de abandonar y de superar toda forma de miedo
o de esclavitud, viviendo la auténtica libertad de los hijos de Dios. Sin la
oración que alimenta cada día nuestro estar en Cristo, en una intimidad que
crece progresivamente, nos encontramos en la condición descrita por San Pablo, en la Carta a los Romanos: no
hacemos el bien que queremos, sino el mal que no queremos.
La libertad del Espíritu -añade san Pablo- nunca se identifica ni con
el libertinaje, ni con la posibilidad de elegir el mal, sino con ‘el fruto del
Espíritu que es: amor, alegría, paz, magnanimidad,
benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, y dominio de sí’.
La segunda consecuencia es que la misma relación
con Dios llega a ser tan profunda, que nunca se ve afectada por cualquier hecho o situación. Entonces
comprendemos que con la oración no quedamos liberados de pruebas o de sufrimientos,
sino que podemos vivirlos en unión con Cristo, con sus sufrimientos, con la
perspectiva de participar también en su
gloria.
Muchas veces, en nuestra oración, le pedimos a Dios
que nos libere del dolor físico y espiritual y lo hacemos con gran confianza. Sin embargo, a menudo tenemos la impresión de
no ser escuchados, por lo que corremos el riesgo de desalentarnos y de no
perseverar. En realidad, no hay ningún grito humano que no sea escuchado por
Dios. La oración no nos exime de la prueba y del sufrimiento, aún más –dice San
Pablo– que ‘gemimos interiormente aguardando la adopción como hijos y anhelando
que se realice la redención de nuestro cuerpo’. Por medio de la cruz y de la
muerte, Dios ha respondido con la resurrección del Hijo y con la vida nueva. La
oración animada por el Espíritu Santo nos lleva también a nosotros a vivir cada
día el camino de la vida, con sus pruebas y sufrimientos, con plena esperanza y
confianza en Dios, que nos responde como le respondió al Hijo.
La tercera consecuencia, es que la oración del
creyente se abre también a las dimensiones de la humanidad y de la creación
entera, haciéndose cargo de que ‘en efecto, toda la creación espera
ansiosamente esta revelación de los hijos de Dios’.
Esto significa que la oración, sostenida por el
Espíritu de Cristo que habla en lo más profundo de nosotros mismos, nunca se
queda encerrada en sí misma –nunca es sólo rezar por mí– sino que se abre al
compartir los sufrimientos de nuestro tiempo y de los demás.
De esa forma, la oración se vuelve intercesión por los demás, y, por lo
tanto, liberación de mí mismo, canal de esperanza para toda la creación,
expresión de ese amor de Dios que se derrama en nuestros corazones por medio
del Espíritu Santo que nos ha sido dado. Y precisamente ello es un signo de verdadera oración, que
nunca se finaliza sobre mi mismo yo, sino que se abre a los demás. De forma que
me libera y ayuda a redimir al mundo.
San Pablo nos enseña que en nuestra oración,
tenemos que abrirnos a la presencia del Espíritu Santo, que ora en nosotros con
gemidos inefables, para llevarnos a
adherirnos a Dios con todo nuestro corazón y con todo nuestro ser. Así, el
Espíritu de Cristo se vuelve la fuerza de nuestra oración 'débil', la
luz de nuestra oración 'apagada', el fuego de nuestra oración 'árida',
donándonos la verdadera libertad interior, enseñándonos a vivir afrontando las
pruebas de la existencia, con la certeza de que no estamos solos, y abriéndonos
a los horizontes de la humanidad y de la creación que ‘gime y sufre dolores de
parto’.
En su saludo en español, el Papa invitó a todos a
"pedir al Señor, que su Espíritu sea nuestra fuerza para afrontar las
pruebas con la esperanza de estar radicados en Dios. Muchas gracias".
Vaticano,
16 Mayo 2012
Fuente:
Extractado ACI/EWTN Noticias