Queridos amigos y
amigas:
Estamos a dos
semanas del final del Año Litúrgico (el 1º.12 será el 1º domingo de Adviento) y
la Palabra de Dios (Lc 21, 5-19), nos hace ver ese final como el término de
todo, cuando habrá destrucción, guerra y muerte. Un final apocalíptico. Aunque
yendo a la intención de Jesús y leyendo entrelíneas no lo parezca tanto, pues
nos abre a la esperanza, a Jesucristo Juez de vivos y muertos, y a un mundo
nuevo, inédito y maravilloso, regalo de Dios para los suyos. Lo que en
definitiva cuenta no es lo que está pasando sino lo que se nos viene. Como en
el final del año civil en el que lo que cuenta no es el año viejo que termina
sino el año nuevo que llega, lleno de expectativas.
La destrucción del
templo de Jerusalén, que Jesús profetiza, les cayó a los apóstoles como un
rayo. Era la más increíble noticia que podían imaginar y escuchar. No sólo
porque el templo era considerado como una de las 7 maravillas del mundo antiguo
sino también y sobre todo, porque era el alma de su historia y la sede de su
Dios. Destruir el templo era dejarlos sin piso, era destruirlo todo, incluido
el mundo, pues los judíos no concebían el mundo sin su templo. Por eso, a la
destrucción del templo, anunciada por Jesús, ellos añadieron por su cuenta que
era inminente el final del mundo. La profecía de Jesús sobre la destrucción del
templo se cumplió 40 años después, el 9 de agosto del 70 DC., cuando los
soldados romanos lo incendiaron y destruyeron la ciudad. Recuerden que una de
las acusaciones contra Jesús en su juicio fue la de que había dicho que iba a
destruir el templo (Mc 14,58).
El final del mundo
y las señales que lo precederán, la vuelta de Jesús y el juicio final, etc.
son, en lo humano, como un psicosocial que inquieta a todos, en especial cuando
se dan situaciones críticas. Fue así en tiempos de la primera comunidad
cristiana. Y lo es en cualquier momento, cuando a algún falso profeta se le
ocurre anunciarlo. Recuerden cuánto se habló del fin del mundo en el año 2012,
no obstante lo dicho por Jesús (Mt 24,36). Todo esto pertenece al género
literario apocalíptico-escatológico -a la futurología, decimos hoy-, y hay que
entenderlo desde su cabalística. Lo que a nosotros nos interesa es ver todo eso
como señal y aviso, por ejemplo, de que aún lo más bello y consistente es
pasajero. De que no hay que dejarse engañar por las apariencias ni por las
personas. De que una especial providencia cuida de los que son de Jesús. De que
hay que vivir siempre en vigilante espera, seguros de que con nuestra
constancia salvaremos nuestras vidas.
A mi entender hay
unos versos de Sta. Teresa de Jesús que de modo maravilloso resumen y refuerzan
todo lo dicho. Sobre todo que brotan de la experiencia de una mujer, andariega
y mística, que supo vivir en el mundo sin ser del mundo, como pide el Señor (Jn
17, 11. 16). Vale la pena memorizar estos versos y rezarlos. Dicen así:
Nada te turbe, / nada
te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda;/ la paciencia todo lo alcanza;/
quien a Dios tiene / nada le falta / Sólo Dios basta.”Fuente: P. Antonio Elduayen, CM
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