“No se
puede dudar. Hay algo de profundamente heroico en la geografía y el alma
humanas de Chile. Bajemos desde el Altiplano, donde el derrumbe de las
serranías nos muestra, entre las brumas que ocultan o develan la cabeza
agresiva del Tacora, un espectáculo de melancolía y fortaleza poderosos. Aquella mula que trae sobre su
lomo las carnaduras y los tapujos de una hembra y su crío, de pura cepa aimará
o quechua, mientras el hombre, de igual caradura racial, camina a su flanco,
¿no son parte de la tierra, de la roca, del aire, de la puna mismos? Entre el
pedrerío nacen la llareta y la queñua, y esta suerte musculosa de vegetales es
también confluencia física y espiritual hacia una sensación de poesía que se
bandea en esta lucha grandiosa que es el paisaje. No hablemos del sonido
entrañable de la quena, venido como desde el origen de los siglos o desde las
tripas volcánicas de la tierra, y que nace de los pulmones del meditativo
pastor de llamos y vicuñas, y del alma inasible de la caña, cortada seguramente
en las inmediaciones mismas del Titicaca.
Todo
esto, mientras en las alturas y cuencas cordilleranas del Andes escabroso se
abisman en la búsqueda de un mar que se alcanza a ver, pero cuyo resoplar
infinito se siente igual que caricia en los primeros tramos del peregrinaje
telúrico que se llama territorio chileno. Y si hay que evocar el mar, no
hablemos solamente del azul, de los horizontes luminosos del Pacífico, ni de
espumas. Hay por estos lados una raza
tostada de hombres muy buenos para cantar victoria sobre la huidiza albacora:
es el pescador, que se enseñorea desde el Morro de Arica hasta los témpanos de
la Antártica, a cuero mondo muchas veces, picando el agua brava con sus
embarcaciones, igual que el minero pica la piedra para que largue sus
maravillas de metales.
Y si
seguimos diciendo mar, hay que seguir diciendo cordilleras, lomajes, magia de
espejismos, en medio de los cuales el hombre apostó permanentemente su aguerrida condición. Hay en
el norte chileno un vaivén fascinante que es vaivén de océano que va hacia la
tierra y tierra que se confunde con el mar. Y si aquí la belleza es trabajada,
de una alquimia más misteriosa y transparente que el corazón del salitre y el
cobre que florecen en las zonas de Tarapacá y Antofagasta, no descuidemos por
motivo alguno al hombre que ha hecho florecer esta tierra, a costa de
estampidos, si no de flores y arboledas, de vitales riquezas minerales. Y
hablando de hombres, así casi en tono de conseja, vamos alguna vez a las
fiestas religiosas de La Tirana. Aquí es donde unos romeros, de uno y de otro
sexo, pequeños y mayores, de todos los portes y de todos los trajes más
pintorescos, de todos los lugares, le bailan a la Virgen del Carmen, a pleno
desierto apenas resarcidos por los tamarugos, los molles o los algarrobos tan
heroicos como los hombres.”
Libro: Estampas Populares
de Chile –Crónicas.
Extracto desde Crónica: Repujado
geográfico y humano de
Chile.
Autor: Nicomedes Guzmán
(1914-1964)
Nacionalidad: Chilena
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