Esta
mañana, durante la Audiencia General de los Miércoles, el Papa Benedicto XVI lamentó
que en ocasiones el hombre crea tener el poder de Dios, pero recordó que la
plena realización está en hacer la voluntad del Padre sirviendo con caridad a
los demás.
“A menudo
la lógica humana intenta la realización de sí mismo en el poder, en el dominio,
en los medios poderosos. El hombre sigue queriendo construir con sus propias
fuerzas la torre de Babel para llegar a la altura de Dios, para ser como Dios.
La Encarnación y la Cruz nos recuerdan que la realización plena está en
conformar la voluntad humana a la del Padre, en el desapego total de uno mismo,
del propio egoísmo, para llenarse del amor y de la caridad de Dios y, así,
llegar a ser verdaderamente capaces de amar a los demás.
Dios no
quiere sólo la grandeza, Dios es amor que da, ya desde la Trinidad y luego en
la Creación. Imitar a Dios significa salir de sí mismo y entregarse en el amor,
sólo si logramos salir de nosotros, nos encontramos. En este sentido, en la oración,
en la relación con Dios, debemos abrir la
mente, el corazón y la voluntad a la acción del Espíritu Santo, para entrar en
esta misma dinámica de vida.
San
Pablo, a través de su carta invita a la alegría, una característica fundamental, de nuestro ser
cristianos y de nuestra orar. ‘Estad siempre alegres en el Señor, lo repito de
nuevo: ¡Alegraos!’. Pero, ¿cómo puede regocijarme frente a una sentencia de
muerte ya inminente? ¿De dónde, o mejor dicho, de quién San Pablo recoge la
serenidad, la fuerza, el coraje de ir hacia su martirio y al derramamiento de
sangre?.
La
respuesta está en el canto para Cristo, más conocido como el himno
cristológico, un canto que centra toda
la atención en los sentimientos de Cristo, es decir, en su modo de pensar y su
actitud concreta vivida. Estos sentimientos son el amor, la generosidad, la
humildad, la obediencia a Dios, y el darse a uno mismo, no se trata simplemente de seguir el ejemplo
de Jesús como algo moral, sino de volcar toda la existencia en su propia manera
de pensar y actuar. La oración debe
llevar hacia un conocimiento y una unión en el amor cada vez más profunda con
el Señor, para poder pensar, actuar y amar como Él, en Él y por Él; ejercitarse
en eso, aprender los sentimientos de Jesús es el camino de la vida cristiana.
Este
canto condensa todo el itinerario divino y humano del Hijo de Dios, que abarca
toda la historia humana: del ser en la condición de Dios, a la encarnación, a
la muerte en una cruz y a la exaltación en la gloria del Padre, y en parte
también el comportamiento de Adán, del hombre desde el principio.
El
verdadero Dios y verdadero hombre, no vive su ‘ser como Dios’ para triunfar o
para imponer su supremacía, no lo considera como una posesión, un privilegio,
un tesoro al qué aferrarse. Sino que ‘se desnudó’, se vació de sí mismo tomando
–como dice el texto griego, la ‘morphe Doulos’, la ‘forma de siervo, de
esclavo’, una realidad humana marcada por el sufrimiento, la pobreza, y la
muerte.
Cristo se asemejó en todo a los hombres excepto en el
pecado, comportándose como un servidor dedicado completamente al servicio de
los demás, y en este sentido tomó sobre
sí las fatigas junto a los miembros que sufren. Hizo suyas nuestras humildes
enfermedades, y sufrió tormentos por amor a nosotros: esto en conformidad con
su gran amor por la humanidad. El Hijo de Dios se hizo verdaderamente hombre y cumplió un
camino en completa obediencia y fidelidad a la voluntad del Padre, hasta el
supremo sacrificio de su vida, y se
humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y la muerte de cruz. En la cruz
Jesucristo alcanzó el mayor grado de humillación, ya que la crucifixión era el
castigo reservado a los esclavos y no a las personas libres.
En la
cruz de Cristo, el hombre es redimido, y la experiencia de Adán se modifica,
dándose la vuelta completamente: Adán, creado a imagen y semejanza de Dios,
pretendía ser como Dios, con sus propias fuerzas, ocupar el lugar de Dios, y
así perdió la dignidad original que se le había dado. Jesús, sin embargo, aun
estando en la condición divina, se rebajó, se sumergió en la condición humana,
en total fidelidad al Padre, para redimir al Adán que llevamos dentro para
volverle a dar al hombre la dignidad que había perdido. De este modo, el Santo
Padre reiteró su llamado a imitar a Jesús, que volvió a dar a la naturaleza
humana a través de su humanidad y obediencia, lo que se había perdido por la
desobediencia de Adán.
Finalmente,
en su saludo a los peregrinos de lengua española, el Santo Padre los invitó a
fijar durante la oración la mirada en el Crucifijo, a detenerse más a menudo
para la adoración Eucarística y así entrar en el amor de Dios, que se ha
rebajado con humildad para elevarnos hacia Él.
Vaticano,
27 Junio 2012
Fuente: (ACI/EWTN Noticias)
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