Ante miles de fieles presentes en el Aula Pablo VI en
el Vaticano y en su Catequesis dedicada a la Revelación del Señor, el Papa
Benedicto XVI señaló que:
"El deseo
de conocer a Dios realmente, es decir, de ver el rostro de Dios, está en todos
los hombres, incluso en los ateos. Y nosotros tenemos este deseo consciente de
ver quién es, qué es, qué es para nosotros. Pero este deseo se realiza
siguiendo a Cristo. Es importante que sigamos a Cristo pero no sólo cuando lo
necesitamos y cuando encontramos un espacio de tiempo, entre los miles de quehaceres de cada día, sino con nuestra vida. Toda nuestra existencia debe
estar orientada al encuentro con Él, al amor hacia Él y en ella, el amor al
prójimo debe tener asimismo un lugar central.
Ese amor que, a la luz del Crucificado, nos hace
reconocer el rostro de Jesús en el pobre, en el débil y en el que sufre. Ello
es posible sólo si el verdadero rostro de Jesús se nos ha vuelto familiar, en
la escucha de su Palabra –en el diálogo interior con su Palabra para que lo
podamos encontrar a Él verdaderamente– y naturalmente en el Misterio de la Eucaristía.
En el Evangelio de San Lucas es significativo el
pasaje de los dos discípulos de Emaús, que reconocieron a Jesús al partir el
pan. Pero preparados por el camino, preparados por la invitación que le hacen
para que se quede con ellos, preparados por el diálogo que hizo arder sus
corazones. Así ven al final a Jesús.
La Revelación de Dios en el Antiguo Testamento en
donde el Señor, después de la creación, a pesar del pecado original y de la
arrogancia del hombre de querer ponerse en el lugar de su Creador, vuelve a
ofrecer la posibilidad de su amistad, sobre todo a través de la alianza con
Abraham y el camino de un pueblo pequeño, el de Israel, que Él elige, no
criterios de poder terrenal, sino simplemente por amor.
Es una elección que sigue siendo un misterio y revela
el estilo de actuar de Dios, que llama a algunos, no para excluir a los demás,
sino para que sirvan de puente con el fin de conducir hacia Él. Elección
siempre para el otro. En la historia del pueblo de Israel, podemos volver a
recorrer las etapas de un largo camino, en el que Dios se deja conocer, se
revela, entra en la historia con palabras y con acciones.
En Cristo, Dios visita realmente a su pueblo, visita a la humanidad de una manera que va más allá de todas las expectativas: envía a su Hijo Unigénito, Dios mismo se hace hombre. Jesús no nos dice algo acerca de Dios, no habla simplemente del Padre –sino que es Revelación de Dios, porque es Dios– nos revela el rostro de Dios.
Dios está sin duda por encima de todo, pero se dirige
hacia nosotros, nos escucha, nos ve, habla, establece alianza, es capaz de
amar. La historia de la salvación es la historia de Dios con la humanidad y la
historia de esta relación de Dios, que se revela progresivamente al hombre, que
se hace conocer a sí mismo, su rostro.En Cristo, Dios visita realmente a su pueblo, visita a la humanidad de una manera que va más allá de todas las expectativas: envía a su Hijo Unigénito, Dios mismo se hace hombre. Jesús no nos dice algo acerca de Dios, no habla simplemente del Padre –sino que es Revelación de Dios, porque es Dios– nos revela el rostro de Dios.
El esplendor del rostro divino es la fuente de la
vida, es lo que permite ver la realidad; la luz de su rostro es la guía de la
vida. En el Antiguo Testamento hay una figura a la que está enlazado de forma
muy especial el tema del ‘rostro’ de Dios. Se trata de Moisés, aquel al que
Dios elige para liberar al pueblo de la esclavitud de Egipto, donarle la Ley de
la alianza y guiarlo a la Tierra prometida.
Tras describir que entre Moisés y Dios hay un diálogo
cara a cara, en el que paradójicamente no se puede ver el rostro del Señor, el
Papa explica que en esta vida la visión es limitada: "al final, a Dios
sólo se le puede seguir, viendo sus hombros. Los Padres dicen esto: tú sólo
puedes ver mi espalda, significa que tú sólo puedes seguir a Cristo y
siguiéndole ves desde detrás el misterio de Dios. Dios se puede seguir viendo
su espalda".
Algo completamente nuevo sucede, sin embargo, con la
Encarnación. La búsqueda del rostro de Dios recibe un cambio radical increíble,
porque ahora se puede ver este rostro: el de Jesús, el Hijo de Dios que se hace
hombre. Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, no es uno más de los
mediadores entre Dios y el hombre, sino ‘el mediador’ de la nueva y eterna
alianza ‘un sólo, de hecho, es Dios –dice Pablo– y un solo uno el mediador
entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús’. En él podemos ver y conocer
al Padre; en Él podemos invocar a Dios como ‘Abba, Padre’ en Él nos viene dada
la salvación.”
Para concluir, el Santo Padre explicó que la
Eucaristía, "preparada por una vida en diálogo con Jesús, (es) la gran
escuela en la que aprendemos a ver el rostro de Dios, entramos en relación
íntima con Él; y aprendemos al mismo tiempo a dirigir la mirada hacia el
momento final de la historia, cuando Él nos saciará con la luz de su rostro. En
la tierra caminamos hacia esta plenitud, en la espera gozosa que se cumpla el
Reino de Dios".Vaticano, 16 Enero 2013
Fuente: Extractado ACI/EWTN Noticias
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