Hay algo paradójico en la actitud de
bastantes contemporáneos ante la figura de Jesucristo. Por una parte creen que
lo conocen y no tienen mucho que aprender sobre él. Por otra, su ignorancia
sobre la persona y el mensaje de Jesús es casi absoluta.
En realidad, lo que saben de él apenas supera
unas vagas impresiones que conservan desde la infancia. Después no han sentido
necesidad alguna de conocerlo más a fondo. ¿Cómo podrán encontrar en él algo
interesante para sus vidas?
En algunos, su figura solo evoca episodios
ingenuos y milagros irreales, representados mil veces por artistas, pero muy
alejados de la trama de la vida moderna. Jesús puede, tal vez, aportar un poco
de poesía, pero, si queremos ser eficaces, hemos de buscar por otros caminos.
¿Conocen mejor a Jesús los que se tienen por
cristianos? Sorprende ver cómo los mismos practicantes reducen a menudo el
evangelio a lo anecdótico y maravilloso, y cómo encierran el misterio de Jesús
en imágenes simplistas, muy alejadas a veces de lo que realmente fue él.
«Entre vosotros
hay uno que no conocéis». Estas palabras las pronuncia el Bautista refiriéndose a
Jesús, su preocupación es «allanar
el camino» para que aquella gente pueda creer en él.
Es cierto que en la Iglesia estamos siempre hablando
de Jesús. En teoría, nada hay más importante para nosotros. Pero luego se nos
ve girar tanto sobre nuestras ideas, proyectos y actividades que no pocas veces
Jesús queda en un segundo plano. Somos nosotros mismos quienes, sin darnos
cuenta, lo «ocultamos» con nuestro protagonismo.
Tal vez la mayor desgracia del cristianismo
es que haya tantos hombres y mujeres que se dicen «cristianos», y en
cuyo corazón Jesús está ausente. No lo conocen. No vibran con él. No los atrae
ni seduce. Jesús es una figura inerte y apagada. Está mudo. No les dice nada
especial que aliente sus vidas. Su existencia no está marcada por Jesús.
Estamos necesitados de Jesús. La figura del
Bautista, abriéndole camino en medio del pueblo judío, nos anima a despertar
hoy esta actitud tan necesaria. En medio de la oscuridad de esta sociedad
necesitamos “testigos de la luz”
que nos llega desde Jesús. Creyentes que despierten el deseo de
Jesús y hagan creíble su mensaje. Seguidores que lo rescaten del olvido para
hacerlo más visible entre nosotros.
Testigos humildes que, al estilo del
Bautista, no se atribuyan ninguna función que centre la atención en su persona,
robándole protagonismo a Jesús. Cristianos sostenidos y animados por él que
dejen entrever tras sus gestos y sus palabras la presencia inconfundible de
Jesús, vivo en medio de nosotros.
Los testigos de Jesús no hablan de sí mismos.
Su palabra más importante es siempre la que le dejan decir a Jesús. En
realidad, el testigo no tiene la palabra. Es solo «una voz» que anima a
todos a «allanar» el camino que nos puede llevar a él. La fe en nuestro
mundo se sostiene también hoy en la experiencia de esos testigos humildes y
sencillos que, en medio de tanto desaliento y desconcierto, ponen luz, pues nos
ayudan con su vida a sentir la cercanía de Jesús.
Por eso «el cristiano es un hombre o una mujer
de esperanza», porque «sabe que el
Señor vino, viene y vendrá».Fuente: José Antonio Pagola
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