En su habitual Catequesis de la Audiencia General de
este Miércoles, y ante miles de fieles reunidos en el Aula Pablo VI en el
Vaticano, el Papa Benedicto XVI señaló que es muy necesario hablar de Dios en
nuestro tiempo:
"La pregunta principal que nos planteamos hoy es
¿cómo hablar de Dios en nuestro tiempo? ¿Cómo comunicar el Evangelio, para
abrir caminos a su verdad salvífica en los corazones de nuestros
contemporáneos, a menudo cerrados, y en sus mentes, a veces distraídas por
tantos destellos de la sociedad?
Esta pregunta, que se la hace el mismo Jesús, tiene
como primera respuesta que nosotros podemos hablar de Dios porque Dios ha
hablado con nosotros. La primera condición del hablar de Dios es, por lo tanto,
la escucha de lo que ha dicho el mismo Dios. Ha hablado con nosotros. Dios no
es una hipótesis lejana del mundo por su origen, Dios se preocupa por nosotros,
Dios nos ama, Dios ha entrado personalmente en la realidad de nuestra historia,
se ha ‘auto-comunicado’ hasta encarnarse.
En la actualidad, un lugar especial para hablar de
Dios es la Familia, la primera escuela para comunicar la Fe a las nuevas
generaciones. El Concilio
Vaticano II en los documentos Lumen Gentium y Apostolicam Actuositatem habla de
los padres como los primeros mensajeros de Dios llamados a redescubrir su
misión, asumiendo la responsabilidad en la educación, en abrir la conciencia de
los pequeños al amor de Dios como un servicio esencial para sus vidas, siendo
los primeros catequistas y maestros de la Fe para sus hijos. Y en esta tarea es
importante ante todo la vigilancia, que significa saber aprovechar las
oportunidades favorables para introducir en la Familia el discurso de la Fe y
para hacer madurar una reflexión crítica respecto a las muchas influencias a
las que están sometidos los hijos.
Esta atención de los padres es también sensibilidad en
el reconocimiento de las posibles preguntas religiosas que se hacen mentalmente
los niños, a veces evidentes, a veces ocultas. Después está la alegría: la
comunicación de la Fe siempre debe tener un tono de alegría. Es la alegría de
la Pascua, que no calla u oculta la realidad del dolor, del sufrimiento, la
fatiga, las dificultades, la incomprensión y la muerte misma, sino que puede
ofrecer criterios para la interpretación de todo, desde la perspectiva de la
esperanza cristiana.
La vida buena del Evangelio es esta nueva mirada, esta
capacidad de ver con los mismos ojos de Dios cada situación. Es importante
ayudar a todos los miembros de la familia a comprender que la Fe no es una
carga, sino una fuente de alegría profunda, es percibir la acción de Dios,
reconocer la presencia del bien, que no hace ruido, y proporciona valiosas
orientaciones para vivir bien la propia existencia.
En la Familia también debe resaltar la capacidad de
escucha y de dialogo: la Familia debe ser un ámbito donde se aprende a estar
juntos, para conciliar los conflictos en el diálogo mutuo, que está hecho de
escucha y de palabra, de entenderse y amarse, para ser signo, el uno para el
otro, del amor misericordioso de Dios.
Dios es una realidad de nuestra vida, Dios es tan
grande que tiene tiempo también para nosotros, que puede ocuparse de nosotros y
se ocupa de nosotros. Hablar de Dios significa, ante todo tener claro lo que
debemos brindar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. No un Dios
abstracto, no una hipótesis, sino un Dios concreto, un Dios que existe, que ha
entrado en la historia y está presente en la historia, el Dios de Jesucristo
como respuesta a la pregunta fundamental del por qué y cómo vivir.
Por lo tanto, hablar de Dios requiere una familiaridad
con Jesús y su Evangelio, presupone un conocimiento nuestro personal y real de
Dios y una gran pasión por su proyecto de salvación, sin ceder a la tentación
del éxito, sino siguiendo el método de Dios mismo. El método de Dios, es el de
la humildad, Dios se hace uno de nosotros, es el método cumplido en la
Encarnación, en la humilde casa de Nazaret y en la gruta de Belén, la parábola
del grano de mostaza. Se requiere no temer la humildad de los pequeños pasos y
confiar en la levadura, que penetra en la masa y la hace crecer lentamente. Al
hablar de Dios, en la obra de la evangelización, bajo la guía del Espíritu
Santo, es necesario recuperar la simplicidad, un retorno a lo esencial del
anuncio: la Buena Nueva de un Dios que es real, concreto, de un Dios que se
preocupa por nosotros, de un Dios-Amor que se acerca a nosotros en Jesucristo
hasta la Cruz y que, en la Resurrección nos dona la esperanza y nos abre a una
vida que no tiene fin, la vida eterna.
Como San Pablo, al hablar de Dios no se habla de una
filosofía que él ha desarrollado, no habla de ideas que ha encontrado o que ha
inventado, habla de una realidad de su vida, habla del Dios que ha entrado en
su vida, habla de un Dios real, que vive, que ha hablado con él, que hablará
con él del Cristo resucitado, crucificado y resucitado.
"La segunda realidad es que habla, no se busca a
sí mismo, no quiere crearse un grupo de admiradores, no quiere entrar en la
historia como líder de una escuela de grandes conocimientos, no se busca a sí
mismo, no quiere tener un grupo de admiradores suyos, Pablo anuncia a Cristo y
quiere ganar personas para el Dios verdadero y real. Pablo habla con el único
anhelo de predicar lo que ha entrado en su vida y que es la verdadera vida, que
lo ha conquistado en el camino a Damasco.
Para hablar de Dios, tenemos que dejarle espacio en la
esperanza de que es Él quien actúa en nuestra debilidad: dejar espacio sin
miedo, con sencillez y alegría, en la profunda convicción de que cuanto más lo
pongamos en medio, y no a nosotros, nuestra comunicación será más fructífera. Y
esto también vale para las comunidades cristianas: ellas están llamados a
mostrar la acción transformadora de la gracia de Dios, superando
individualismos, cerrazones, egoísmos, indiferencia y viviendo en sus
relaciones cotidianas el amor de Dios. ¿Son realmente así nuestras comunidades?
Tenemos que ponernos en acción para ser cada vez más anunciadores de Cristo y
no de nosotros mismos.
Hablar de Dios significa comprender con la palabra y
con la vida que Dios no es un competidor de nuestra existencia, sino que es el
verdadero garante, el garante de la grandeza de la persona humana. Así volvemos
al principio: hablar de Dios es comunicar, con fuerza y sencillez, con la
palabra y la vida, lo que es esencial: el Dios de Jesucristo, el Dios que nos
ha mostrado un amor tan grande, de encarnarse, morir y resucitar por nosotros".
Dios, concluyó el Papa, "nos invita a seguirlo y
dejarnos transformar por su amor inmenso para renovar nuestra vida y nuestras
relaciones; el Dios que nos ha dado a la Iglesia, para caminar juntos y, a
través de la Palabra y los Sacramentos, renovar la entera Ciudad de los
hombres, para que pueda llegar a ser la Ciudad de Dios".
Vaticano,
28 Nov. 2012
Fuente: ACI/EWTN Noticias