En su Catequesis de hoy, el Papa Francisco dijo que:
“Al hacer nuestra profesión de fe recitando el
‘Credo’, afirmamos que la Iglesia es ‘una’ y ‘santa’. Es una, porque tiene su
origen en Dios Trinidad, misterio de unidad y de comunión plena. Y la Iglesia
es santa, porque está fundada en Jesucristo, animada por su Santo Espíritu,
colmada por su amor y por su salvación.
Al mismo tiempo, sin embargo, es santa pero compuesta
por pecadores, todos nosotros. Pecadores que experimentamos cada día las
propias fragilidades y las propias miserias. Él, Jesús, no nos deja solos, no
abandona a su Iglesia. Él camina con nosotros, Él nos comprende. Comprende
nuestras debilidades, nuestros pecados, ¡nos perdona! Siempre que nosotros nos
dejemos perdonar.
El primer consuelo nos llega del hecho que Jesús rezó
tanto por la unidad de sus discípulos. En la oración de la última cena, Jesús
pidió tanto: ‘Padre que sean uno’. Rezó por
la unidad. Y justo en la inminencia de la Pasión, cuando estaba a punto de
ofrecer toda su vida por nosotros. ¡Qué bello es saber que el Señor, apenas
antes de morir, no se preocupó por sí mismo, sino que pensó en nosotros! Y en
su diálogo intenso con el Padre, oró justamente para que podamos ser una cosa
sola con Él y entre nosotros. La Iglesia ha buscado desde el principio realizar
este propósito, que es tan querido por Jesús.
La experiencia, sin embargo, nos dice que son tantos
los pecados contra la unidad. Y no pensamos solamente en los cismas, pensamos
en faltas muy comunes en nuestras comunidades, en pecados ‘parroquiales’, en
los pecados en las parroquias. A veces, de hecho, nuestras parroquias, llamadas
a ser lugares de comunión y donde compartir, son tristemente marcadas por la
envidia, los celos, las antipatías.
Esto es humano, ¡pero no es cristiano! Esto sucede
cuando apuntamos a los primeros puestos; cuando nos ponemos en el centro, con
nuestras ambiciones personales y nuestras formas de ver las cosas, y juzgamos a
los demás; cuando nos fijamos en los defectos de los hermanos, en lugar de ver
sus cualidades; cuando damos más importancia a lo que nos divide en lugar de
aquello que nos une. En vista de todo esto, tenemos que hacer seriamente un
examen de conciencia. En una comunidad cristiana, la división es uno de los
pecados más graves, porque la hace signo no de la obra de Dios, sino de la obra
del diablo, el cual es, por definición, aquel que separa, que arruina las
relaciones, que insinúa prejuicios.
Dios, en cambio, quiere que crezcamos en la capacidad
de acogernos, de perdonarnos y de bien querernos, para parecernos cada vez más
a Él, que es comunión y amor. En esto está la santidad de la Iglesia: en el
reconocerse imagen de Dios, colmada de su misericordia y de su gracia.
Queridos amigos, hagamos resonar en nuestro corazón
estas palabras de Jesús: ‘Felices los que trabajan
por la paz, porque serán llamados hijos de Dios’. Pedimos sinceramente
perdón por todas las veces que hemos sido motivo de división o de incomprensión
al interno de nuestras comunidades, sabiendo bien que no se llega a la
comunión, sino es a través de la continua conversión. ¿Y qué es la conversión?:
‘Señor, dame la gracia de no hablar mal, de no criticar, de no chismorrear,
de querer bien a todos’. ¡Es una gracia que el Señor nos da! Esto es convertir
el corazón, ¿no?
Vaticano, 27 Ago. 2014
Fuente: Extractado ACI/EWTN Noticias
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