Queridos amigos y amigas:
El Evangelio de hoy (Mt 16,21-27) es continuación
del Evangelio del Domingo pasado y forman un todo, cuya bisagra es el llamado
“secreto mesiánico”, cuando Jesús ordenó a Simón Pedro y los apóstoles: no
comenten con nadie que yo soy el Mesías. Fue a partir de este momento que
empezó a hablarles abiertamente de lo que le esperaba en Jerusalén: Su pasión,
muerte y resurrección. Un Mesías humillado, ultrajado, condenado a muerte y
crucificado, era inconcebible para los judíos -y era lo último que el Diablo
estaba dispuesto a esperar del Mesías. Por ello Jesús nunca se llamó Mesías así
mismo y siempre mandó guardar silencio a quienes favoreció con algún milagro
(Lc 4,41; 5,14; Mt 17,9). ¿Por qué Jesús se animó y decidió a hablar en este
momento de lo que le iba a pasar y de cómo iba a morir?
Jesús se decidió a hablar de su pasión y muerte,
porque una vez fundada Su Iglesia (Mt 16, 18) sintió más seguro el futuro de su
Misión. Cuando Él partiera, su Misión la continuarían los apóstoles
constituidos en Iglesia. Su elección, de entre los muchos discípulos y
seguidores, y su ulterior preparación, le habían costado muchas noches de
oración y muchos días de discernimiento y trabajo (Mc 3, 13-15). Pero ahí
estaban ellos y las respuestas y señales que habían dado mostraban que, pese a
todo, eran los indicados. Hasta el Padre Dios le había dado su ayudita
mostrándole quién le gustaría que fuese el Jefe de esa iglesia: Simón que se
llamaría Pedro (=piedra, roca). Los doce eran ya su Iglesia o comunidad
organizada, con Pedro a la cabeza. Jesús podía partir ya en paz, pues, como se
dijo arriba, el futuro de su Misión estaba asegurado, sobre todo con la
asistencia del Espíritu Santo, que habría de enviarles.
Así las cosas, Jesús les anunció lo de ir a
Jerusalén donde le esperaba la muerte. Para los apóstoles, que estaban felices
por haber sido constituidos en la Iglesia del Señor, el anuncio les cayó peor
que un jarro de agua fría. El primero en reaccionar fue Pedro: ¡no lo permita
Dios!, le dijo, pensando en las conveniencias humanas más que en las divinas.
Se lo dijo Pedro, pero se lo decimos también y a cada rato nosotros.
¡Paradójica la condición humana! En cuestión de minutos somos capaces de pasar
de ser oráculo de Dios a oráculo del Diablo. Pero el anuncio de Jesús sobre su
pasión y muerte no había terminado. Le faltaba decir que otro tanto le esperaba
a la Iglesia recién fundada y a cada uno de sus seguidores. Es quizás el
pronunciamiento más patético de Jesús, cuyos puntos principales son:
1. Quien quiera venir conmigo, que se niegue a sí
mismo, que tome su cruz y me siga.
2. Quien egoístamente se interese sólo por su vida,
va a perderla; pero quien con generosidad se olvide de sí mismo por los demás,
va a salvarla.
3. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si
al final pierde su vida?
4. Jesús, el Señor, volverá y pagará a cada uno
según su comportamiento.
Fuente: P. Antonio Elduayen, CM
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