Queridos amigos y amigas:
En la parábola de los
viñadores asesinos (Mt 21, 33-43), Mateo nos cuenta el final
trágico de una historia de amor entre Dios e Israel, el Pueblo de la Alianza.
“Se les quitará a ustedes el Reino de Dios (la Viña, la Alianza) y les será
entregado a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43). Para Mateo, el
pueblo heredero de la Viña (de la Nueva Alianza) es la Iglesia fundada por
Jesús sobre Pedro (Mt 16, 15-20)
La parábola de los viñadores asesinos es
escalofriante desde su título (asesinos)
hasta su final de rechazo de Israel. Pero lo es
también por sus proyecciones, ya que se convierte en la parábola de
todos los pueblos que se alejan de Dios. Y aún del mundo
entero, pues en muchos aspectos, lo que en ella pasa es lo que le viene pasando
a la humanidad, desde entonces hasta nuestros días. Cuando la desobediencia a Dios va convirtiéndose en rechazo y aún en guerra
abierta contra Dios a través de un laicismo militantemente
ateo. Y cuando la avaricia nos lleva creernos y
ser los dueños de un mundo que sólo se nos dio en administración.
Se trata realmente de una situación escalofriante.
Agravada por el hecho de que el dueño de la viña (Dios), da muestras de un cariño especial por su viña y por los viñadores.
Por su viña, porque hizo cuanto pudo para hermosearla; y por los viñadores,
porque les dio muestras repetidas de su confianza en ellos. Lamentablemente, los resultados no fueron los esperados. “Esperó de ellos
cumplimiento de la ley, y ahí tienen: asesinatos. Esperó justicia y ahí tienen:
lamentos”. Fue el comentario del profeta Isaías, que previó esto ocho siglos
antes (Is 5, 1-7). Vale la pena leerlo, pues es francamente hermoso.
El comentario del evangelista Juan es aún mucho más
hermoso e impresionante. Como para conmovernos por el amor de Dios por su viña y los viñadores (el mundo) y como para
agradecerle eternamente y con asombro infinito lo que hizo para solucionar el asunto (salvarnos). “Tanto amó Dios al
mundo (viña y viñadores) que le entregó a
su propio Hijo para salvarlo…” (Jn 3,
16-21). ¿Cuál es nuestra reacción ante esta declaración de amor de Dios? La reacción de Jesús fue dar su vida por el Padre Dios y por nosotros
(Jn15, 13), en lo que le han imitado y seguido todos los mártires e incruentamente
todos los santos.
A nosotros se nos pide que demos los frutos que corresponde, empezando
por el de reconocer a Dios como nuestro Señor, lo que implica: cumplir con amor sus mandamientos (hacer su
Voluntad), creer de verdad en Jesucristo,
hacer efectivo el evangelio en
tu vida y en la sociedad y trabajar con amor por la paz y la
justicia.
Fuente: P. Antonio Elduayen, CM
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