“De
hecho, todos los que aquí estamos, ¿cómo éramos antes de entrar aquí? ¿Cómo habíamos
vivido? ¡Ay! ¡Tengo que hablar de mí, miserable, que soy el escándalo de todo
el mundo, y no solamente de ustedes! La verdad es que cada uno sabe la vida que
ha llevado; y ahora, por la misericordia de Dios, ya no está en aquella
situación, se ha recuperado. No es que ahora no surjan por una parte y por otra
pequeñas faltas, pero esto no es nada en comparación con lo que éramos antes.
Pero, padre, me dirán, yo siempre vuelvo a
caer en lo mismo; esto hace que tenga miedo de no amar a Dios, porque,
si lo amase, no recaería con tanta frecuencia. Cae usted; bien,
hay que levantarse enseguida y humillarse mucho. Dice usted
que no ama a Dios; dígame, ¿verdad que quiere usted amarle?
Sí, padre. Entonces le ama ya, dice San Agustín, porque sólo
se desea lo que se ama.” (XI, 278)
Fuente: Lectio Divina Vicenciana
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