En la Audiencia General de esta mañana, celebrada
en la Plaza de San Pedro ante miles de
fieles, el Papa Francisco reflexionó sobre el regreso de Cristo y en el juicio
final. El Santo Padre dijo que:
“Hoy
quisiera iniciar la última serie de Catequesis sobre nuestra profesión de Fe,
tratando la afirmación «Creo en la vida eterna». En especial me detengo en el
juicio final. No debemos tener miedo: escuchemos lo que nos dice la Palabra de
Dios. Leemos en el Evangelio de Mateo: Entonces «cuando venga en su gloria el
Hijo del hombre, y todos los ángeles con Él... serán reunidas ante Él todas las
naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las
cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda... Y estos
irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna» (Mt 25, 31-33.46).
Cuando pensamos en el regreso de Cristo y en su juicio final, que manifestará,
hasta sus últimas consecuencias, el bien que cada uno habrá realizado o habrá
omitido realizar durante su vida terrena, percibimos encontrarnos ante un
misterio que nos sobrepasa, que no logramos ni siquiera imaginar.
Al
respecto, el testimonio de las primeras comunidades cristianas resuena más
sugestivo que nunca. Las mismas, en efecto, acompañaban las celebraciones y las
oraciones con la aclamación Maranathà,
una expresión formada por dos palabras arameas que, según como se silabeen, se
pueden entender como una súplica: «¡Ven, Señor!», o bien como una certeza: «Sí,
el Señor viene; el Señor está cerca». Es la exclamación en la que culmina toda
la Revelación cristiana, al término de la maravillosa contemplación que nos
ofrece el Apocalipsis de Juan (cf. Ap 22, 20). En ese caso, es la
Iglesia-esposa que, en nombre de toda la humanidad y como primicia, se dirige a
Cristo, su esposo, no viendo la hora de ser envuelta por su abrazo: el abrazo
de Jesús, que es plenitud de vida y plenitud de amor. Así nos abraza Jesús. Si
pensamos en el juicio en esta perspectiva, todo miedo y vacilación disminuye y
deja espacio a la espera y a una profunda alegría.
Un
segundo motivo de confianza nos lo da la constatación de que, en el momento del
juicio, no estaremos solos.
Jesús mismo, en el Evangelio de Mateo, anuncia cómo, al final de los tiempos,
quienes le hayan seguido tendrán sitio en su gloria, para juzgar juntamente con
Él (cf. Mt 19, 28). El apóstol Pablo, luego, al escribir a la comunidad
de Corinto, afirma: «¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo?
(...) Cuánto más, asuntos de la vida cotidiana» (1 Cor 6, 2-3). Qué
hermoso es saber que en esa circunstancia, además de Cristo, podremos contar
con la intercesión y la benevolencia de muchos hermanos y hermanas nuestros más
grandes que nos precedieron en el camino de la Fe. Los santos ya viven en presencia
de Dios, en el esplendor de su gloria intercediendo por nosotros que aún
vivimos en la tierra. ¡Cuánto consuelo suscita en nuestro corazón esta certeza!
Una
ulterior sugestión nos llega del Evangelio de Juan, donde se afirma
explícitamente que «Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino
para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él no será juzgado; el que no
cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18). Entonces, esto
significa que el juicio
final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra
existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como
confirmación de nuestra acogida con Fe de la salvación presente y operante en
Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en
nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos
quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva. El
amor de Jesús es grande, el amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús
perdona. Pero tú debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, acusarse de
las cosas que no son buenas y que hemos hecho. El Señor Jesús se entregó y
sigue entregándose a nosotros para colmarnos de toda la misericordia y la
gracia del Padre. Por lo tanto, podemos convertirnos, en cierto sentido, en
jueces de nosotros mismos, autocondenándonos a la exclusión de la comunión con
Dios y con los hermanos. No nos cansemos, por lo tanto, de vigilar sobre
nuestros pensamientos y nuestras actitudes, para pregustar ya desde ahora el
calor y el esplendor del rostro de Dios —y esto será bellísimo—, que en la vida
eterna contemplaremos en toda su plenitud.”
Vaticano, 11 Dic. 2013
Fuente: Extractado vatican.va
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