Queridos amigos y amigas:
Ustedes y yo somos cristianos, discípulos misioneros de Jesucristo. Pero
¿nos hemos detenido alguna vez a pensar en serio lo que eso significa? Jesús se
lo dijo al gran gentío que le seguía, tal como lo leemos en el evangelio de hoy
(Lc 14, 25-33). Bajo el epígrafe de “lo que cuesta seguir a Jesús”, el
evangelio nos dice tres cosas muy importantes y que hemos de tener en cuenta:
1. La grandeza de la propuesta que Jesús nos hace; 2. La opción que hemos de
hacer por Él hasta las últimas consecuencias; y 3. la necesidad de sopesar los
términos de su propuesta así como el compromiso de cumplirlos exitosamente.
Ante todo la grandeza de la propuesta de Jesús, que es su invitación a
ser sus discípulos. Todo un honor y un privilegio. Para Jesús ser su discípulo
es seguirle con un amor incondicional y sobre todas las cosas, lo que, aparte
de las renuncias que implica, ennoblece y sublima el amor. Lo hace divino. El
amor del cristiano a Jesús no excluye otros amores legítimos (padres, familia,
etc.), como algunos le hacen decir a Lucas (14,26) y aún más, a Mateo (10,37).
Se trata simplemente de aplicar a Jesucristo, puesto que es Dios, lo que nos
dice el Primer Mandamiento de la Ley de Dios: que hay que amarlo sobre todas
las cosas, sin interferencias de ninguna clase. Digamos también que el amor de
entrega a Jesús, al hacernos sus discípulos, nos realiza como personas y como
cristianos. Sencillamente, porque siendo Jesús el ser humano más perfecto,
imitarlo y seguirlo es realizarnos como hombres y mujeres perfectos.
Añadamos lo que añade Jesús: que la condición sine qua non,
indispensable, para ser sus discípulos es llevar la cruz detrás de Él. No queda
otra. Como Él tenemos que asumir el destino de nuestras vidas y llevarlas
adelante, cueste lo cueste, hasta las últimas consecuencias, que, en Su caso,
fue la misma muerte en el patíbulo de la cruz. Esperando que nuestra muerte no
tenga un final así, siempre queda en pie lo de cargar nuestra cruz, es decir,
asumir esa suma de circunstancias y decisiones, que, a lo largo de la vida, nos
irán realizando como personas y discípulos de Jesús. Como vemos, la cruz del
discípulo va más allá de las enfermedades, los accidentes, el cese laboral,
etc. Y desde luego, más allá de todas esas cruces que nos hacemos para
cargarlas en las procesiones.
La tercera cosa que el evangelio nos pide tener en cuenta es objeto de
dos parábolas (Lc 14,28-33), que apuntan a lo mismo: a tener un final feliz. No
basta tener un buen comienzo (empezar a seguir a Jesús), sino que es necesario
terminar bien (seguirle hasta el final). Contra lo que pueda parecer, el
objetivo de las dos parábolas no es -ni puede ser- el aceptar o no ser
discípulos del Señor o el aceptar o no entrar en el Reino de Dios. El objetivo
es advertirnos sobre la necesidad de conocer las exigencias de la propuesta del
Señor y, consecuentemente, de nuestra entrega a Él. La necesidad de conocerlas,
pero, también y sobre todo, de estar preparados para afrontarlas y superarlas.
¿Nos sentimos sanamente orgullosos de ser cristianos discípulos del Señor?
¿Lo amamos por sobre todas las cosas? ¿Hasta saber cargar la cruz de cada
día?
Fuente: P. Antonio Elduayen, CM
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